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Nuestras/tus historias
 
 




 

Yo también he adoptado
Tenemos una labradora a medias entre mi madre y yo (algo así como un proindiviso), que duerme en mi casa y pasa el día con mis padres. Se llama Tana y es muy buena y cariñosa.

Como me encantan los animales quería otro perro, pero que fuera más pequeño, si no iba a acabar haciendo esquí acuático por las calles de Madrid pues no tengo fuerza para tirar de dos grandes. Mi marido pensaba comprarme un teckel pero se me ocurrió meterme en Internet y empecé a cotillear el mundo de los perros abandonados. Lo comenté con él y empezamos a buscar una perrita.

No podía pensar en llegar a un refugio y tener que elegir: o no me decidiría nunca o me los llevaría a todos. Y en la página del refugio de Fiel Amigo (Zamora) encontré a esta señorita. Le mandé un e-mail a mi marido y la respuesta fue rápida: “llama a ver si podemos ir este sábado a por ella”.

En el refugio María José insistía en que si estábamos seguros, etc. Y allí fuimos ese sábado con Tana y nos la sacaron en brazos. ¡Estaba aterrorizada!

El viaje de vuelta debió ser traumático para ella, porque estaba a mis pies y no quería moverse. Encima, al llegar a Madrid la cogí en brazos y fue directamente a la bañera.

El lunes me vine a trabajar pero, preocupada, a mitad de mañana volví a casa, porque la perra no había hecho nada en todo el fin de semana. La llevé al veterinario y me dijo que no me preocupara, que era normal por el miedo. Fue llegar a casa ¡y pis y caca en la alfombra de la abuela! O no pudo más o se había relajado un poquito. Claro, no la pude regañar, al contrario, casi le doy un premio (palabra que entiende perfectamente, por cierto).

Y ya han pasado siete meses. Las dos perras se llevan como hermanas y, aunque Teba no sabe jugar, le gusta estar "chocada" a Tana ,ya sea en la cama o en el sofá. En la calle sigue teniendo miedo, a veces terror. Pero en el parque de El Retiro va feliz los fines de semana, corriendo como una loca y además obedece. En estas vacaciones de verano, que hemos estado en el campo, le tuvimos que poner un collar de gato con cascabel para oírla, porque es una exploradora que no se aleja demasiado, pero que muchas veces no sabemos por dónde anda. Corre como un conejo, brincando, y le encanta perseguir a las vacas. ¡Ah! y ya sabemos que no es muda: por primera vez ladró en agosto. Y en casa, bueno las fiestas que organiza cuando llegamos… da igual que sólo hayas bajado la basura, pega brincos y te recibe como si no la hubieras visto en una semana.

Tiene su cama, pero la usa sólo de día, y generalmente en una postura poco digna: patas arriba, para que le acariciemos la barriga. Por la noche se acurruca contra mí y yo la dejo… Cuando me levanto por la mañana me hace todo tipo de alegrías. Y cuando vuelvo con la taza de café se convierte en un kamikaze que despierta a mi marido de un brinco…

Y esta señorita de ojos grandes color miel tiene el cariño de todos los porteros del barrio. Todos le dicen cosas y quieren darle premios, pero ella todavía no confía. Es cabezota y me lleva a casa de mi madre (mi padre murió este invierno) siempre por el mismo camino, y cruzando de acera para evitar a todos los que le quieren acariciar: sabe dónde está cada uno.

Ya sé que a quien no pasa por esto es difícil convencerle, pero creo que es lo mejor que hemos hecho mi marido y yo. No tiene precio tener a alguien que te quiera tanto. Y creo que no la hemos adoptado sino que ha sido al revés: es ella la que nos ha abierto su corazón y nos lo ha entregado.

Alodia, Madrid, 47 años.





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