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Nuestras/tus historias
 
 


 

 

Yo también he adoptado
Hola, he visto vuestra web y las historias de aquellos que han adoptado un animal me han enternecido. Soy partidaria de la adopción de animales desamparados y, siempre que puedo, aconsejo a mis conocidos que opten por ello antes que por comprar. Pero bueno, este e-mail es para contaros mi historia personal.

Durante estos días, previos a la Navidad, se cumplen cinco años desde que Máximo comparte mi vida. Max es un gato. Atigrado (negro y color crema), belicoso, callejero y... mi amor. Pero os contaré cómo llegó. Por aquellos días de diciembre del año 2000, yo buscaba un gatito para adoptar. Toda mi vida había querido tener uno, pero mis padres jamás nos habían dejado tener una mascota en casa (ni gato, ni perro). Uno de mis hermanos ya era adoptante desde que se independizó (ya ha tenido cinco gatos), y a mí me entró el gusanillo. Cuando tuve carta blanca en casa (vivía con mi hermana y su familia por entonces), me acerqué a los veterinarios de la zona a preguntar por gatitos que necesitaran un hogar. En algunos había gatos de raza a la venta, pero yo quería un gato callejero. En uno me dieron el teléfono de un cliente, que acababa de recoger un gato, herido por un coche, y buscaba adoptante. Llamé a aquel señor (de quien he olvidado el nombre :S) y quedamos en un centro comercial cercano para que yo conociera al animal.

Recuerdo que yo buscaba un gato bebé, que tuviera semanas o un mes de vida; pero aquel gato tenía, por lo menos, tres meses. Aún así, en cuanto lo sacó de la gatera y me miré en sus ojos verdes, quise que se viniera conmigo. Y así ocurrió. Aquel hombre me explicó que había encontrado a Max, solito y herido, a un lado de la carretera. Le sangraba el hocico, así que lo recogió y lo llevó al veterinario. El ya convivía con cuatro gatos y acababa de tener un bebé humano, por lo que no disponía de tiempo ni espacio para uno más. De aquel golpe de su infancia, a Max le ha quedado una pequeña cicatriz sobre la boca y un par de bigotes que no crecen igual que el resto.

Aquella misma tarde, me lo llevé de viaje a un pueblo de Segovia, donde vivía mi hermano. Y ocurrió una desgracia: al sacarlo del coche, la caja en la que iba se rompió y Max se escapó. Estuve hasta la madrugada buscándolo incansablemente, hasta que le di por perdido. Me volví a Madrid, aunque el fin de semana siguiente regresé al pueblo. La misma noche del viernes, llovía y hacía un frío tremendo. Mi cuñada subió de trabajar y me avisó de que, debajo de mi coche, había un gatito maullando. Bajé corriendo con una linterna y una bolsa de pienso y, allí en medio, estaba mi Max: mojado, pequeñín, chillón...

Con el pienso logré atraerlo hacia mí… Y aquí lo tengo, durmiendo en su sillón, cinco años después. Primero lo encontré yo, y después, fue él el que me buscó y me encontró de nuevo.

Ya es todo un gato adulto y pesa cinco o seis kilos más (por lo menos). En cuanto manifestó su primer celo a los ocho meses (y se orinó en los sofás de mi hermana) pasó por quirófano para la castración. En aquella casa ha vivido hasta este verano, en el que me he independizado y ha cambiado sus correrías callejeras en los chalets de alrededor, por un piso del que no puede salir y en el que se aburre mucho, pero es lo que hay, por ahora.

Lleva innata la caza y le gustaba traerme sus piezas como obsequio. Tiene un record: once ratones en cuatro días. Pero no sólo roedores: gorriones, murciélagos, saltamontes e, incluso, una serpiente me trajo una vez, ante el pasmo de mi madre.

Ahora vivimos solos, a la espera de que mi pareja se una pronto a nosotros en la convivencia. El cambio ha sido muy difícil para Máximo, y durante el primer mes, pasamos las noches en vela por su estrés. Muchas veces me han dado las 7 de la mañana tratando de calmarlo para que dejara de maullar. No obstante, ahora ya está adaptado a su nueva vida en un piso y se conforma con echar ratos en el alféizar de la ventana a media noche.

Yo le digo que él no es mi mascota, sino mi compañero: el que llena la casa con su presencia y sus carreras; el que comparte las películas a mi lado en el sofá y el que me achucha durante la noche para dormir calentito. Sólo pido que nos tengamos el uno al otro muchos años más.

Ana, El Espinar (Segovia), 30 años.





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