| En septiembre del 2004 adopté a Urko, un cruce de labrador y pointer que había sido enviado a la perrera porque sus dueños tenían que cambiar de piso y no podían llevárselo. Una preciosidad de dos años no se abandona así. Yo preferiría vivir con él en la calle. Es una maravilla, cariñoso, inteligente, loco, desobediente, goloso, juguetón… Mi hermano había adoptado a una podenquita justo tres días antes; una princesa abandonada en la calle que se hizo con todos nosotros en cuanto la vimos. Y todo estaba tan bien… Urko quería tanto a Tximista, se llevaban tan bien cuando estaban juntos… Pero vivimos lejos y no nos vemos muy a menudo. ¿Por qué tenía que estar solo Urko? Y vi a mi niña Luna en la web de APA Sos Bilbao, en el mismo sitio de donde sacamos a Urko y Tximista. Tenía esos ojitos de “por favor no me pegues…”.
Llevé a Urko a conocerla y en 15 días la esterilizamos y la trajimos a casa. ¡Mi madre qué locura! Una pointer de aproximadamente dos años, maltratada hasta hacerme llorar cuando intentaba acariciarle la cabeza. La encontraron en la calle, apuesto a que se escapó. Loca por correr, jugar, que la acaricien, pellizcarnos… Enfermita de bronconeumonía y con una conjuntivitis que no le dejó abrir los ojos durante dos días. Mi Luna bruja. Mi casa es un circo. Cada mañana empiezan los saltos cuando nos despertamos, saben que van al monte a correr y a revolcarse en los riachuelos y hasta los barrizales. Que van a saltar entre los helechos y las zarzas ¡y yo estoy marcada de seguirles! Y es que donde ellos van yo les sigo encantada. Vuelven a comer a casa de su “amama” (abuela) y después de la siesta vuelta a correr al monte. Comer otra vez, hacer mil tonterías y dormir. Y ¡ay Dios! Pa’ rematar mi hermano ha adoptado a un gatín, Krixki que escupe a Urko. Y mi Luna quiere investigar a Tximista que no se deja y Urko la defiende y Krixki escupe, y se esconde debajo del sofá y los perros saltan… ¡Esto es vida!
No imagino mi vida sin ellos, pero como conozco a mucha gente que adora a los animales y no puede superar la muerte de uno de sus compañeros. Como he pasado por eso muchas veces en mis 42 años de vida, quisiera decir algo a quienes estén en esa situación: Habéis perdido algo precioso, es un vacío que no se llena nunca, pero no os quedéis solos, hay animales a punto de morir que quieren vivir y que os ayudarán a ser más felices. Sólo un poquito de cariño. Un animal abandonado ni siquiera pide eso. No pide nada, sólo sabe dar. Y lo da todo.
Angeles, Bilbao, 42 años. |