| Este “peluche” se llama Xera (significa caricia en Euskera). Xera es nuestra “niña”; todo empezó al pasar casi un año de la pérdida de Beltxa, nuestro guapísimo pastor alemán con lobo, con quien tuve la suerte de convivir 13 años (todavía le extraño). Yo estaba terminando la carrera, vivía con mis padres en Aranjuez (Madrid) y en un período no muy largo me iría a vivir, con el que hoy es mi marido, a Gipuzkoa.
Añoraba mucho a Beltxa y me prometí que en mi casa siempre (que pudiera atenderlo) habría un perro. Primero tuve que convencer a mi marido (no fue difícil) y después a mis padres, pues tendría que vivir con ellos, todavía durante algunos meses.
Me acerqué a la perrera de Aranjuez y me sorprendió el tipo de perros que allí había, ¡casi todos eran de raza!, samoyedos, huskies, pastores belga… Y en aquella primera jaula estaba “mi niña”. Desde el principio me llamó la atención porque no ladraba como lo hacían los demás, pero al igual que el resto se moría por llamar la atención y que la acariciaras. Estaba sucia, con el pelo pegado al cuerpo y muy delgada. El hombre que cuidaba aquello, me informó que llevaba allí seis meses, no sabía su procedencia y me dijo que probablemente en un corto plazo de tiempo la sacrificarían, pues había que hacer sitio para las cercanas vacaciones veraniegas de los humanos (condena para muchos perros), y “los chuchos tienen menos salida que el resto, que son de raza”. Yo necesitaba un perro pequeño pues me iba a un apartamento y ella era ideal, si no fuera porque era hembra y fea, muy fea.
Me costó dos visitas más a la perrera para convencerme y otra extra, para convencer a mi madre: “esto tan feo vas a coger”. Mi madre sentía que traicionaría a Beltxa si quería a otro perro, pero Xera le ha enseñado que cada perro es único y, hoy, cuando le recuerdo a mi madre sus palabras, le dice a Xerita que no me escuche y que es mentira, al mismo tiempo que se la come a besos.
El 5 de mayo de 2002 Xera ya formaba parte de nuestra familia.
El veterinario me dijo que tenía un fuerte golpe en un costado, de ahí el hundimiento y que le costaría ladrar porque parecía que la habían intentado ahorcar. La esterilizamos para no adquirir responsabilidades extras
No ha sido fácil, tampoco muy complicado. Sigue teniendo miedo y le asustan muchas cosas pero es feliz, lo sé porque su rabito tiene vida propia y sus ojos brillan. Ha engordado nueve kilos y es devota incondicional de mi marido y de su afición a la montaña.
Ha sido y sigue siendo una de las experiencias más gratificantes de mi vida, por eso, estoy convenciendo a mi marido para la siguiente.
Recomiendo la experiencia pero, por favor, si vais a tener un animal, antes hacer balance de los pros y los contras, pensad que, de media, pasarán unos diez años con nosotros, maravillosos pero diez años. Pensad también en si se adecua a vuestro estilo de vida, casa, presupuesto, vacaciones, ocio… que ellos te van a necesitar y por supuesto te lo van a agradecer. Así será todo más sencillo y sin sorpresas.
Aran, Asteasu (Guipuzkoa), 31 años.
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