El de la foto es Bowie para nosotros, y Cosme, Caqui o Gordo para el resto del vecindario. Se trata de un cruce de husky y perro de caza. Y, quizás debido a sus genes inquietos y de libertad, su historia es tan peculiar.
Bowie era propiedad de unos "titiriteros", y de pequeño debió ser una monería de perrito ya que ahora y con sus casi 50 kilos sigue siéndolo. Y digo era propiedad, porque después de intentar educarlo y que pasara la gorra en sus espectáculos, él iba a su rollo... Libre, independiente... lo que le gustaba era la aventura... Viendo que no podían mantenerlo ni atado ni encerrado (es como el escapista Houdini y no sabéis lo bien que aulla y llora cuando quiere), ni pudiendo llevarlo con ellos de gira artística, decidieron dejarlo abandonado en la calle.
El sigue todavía esperándoles… aunque ahora ya tiene unos nuevos amigos: nosotros.
Decidieron castrarlo para que no se metiera en más problemas (las chicas, embarazos no deseados, su afición a las ruedas...) puesto que una vez lo recogió el veterinario de la zona y le destrozó una salita donde le retuvo.
Ahora, después de haber estado siete años viviendo en la calle y ser alimentado por todos los vecinos que lo conocen y lo adoran (es un experto en basuras), vive con nosotros. En cuanto le vimos decidimos que seria nuestro colega. Es cariñoso, inteligente, bonachón, juguetón... y un sinfín de adjetivos calificativos más que habría que destacar de él.
Digo nuestro colega porque es lo que es. No es una mascota ni nada parecido. Tiene su propia y maravillosa vida y es libre, libre. Hace lo que quiere y cuando quiere… Creemos que es "anarkista". Te dice lo que quiere y cuando quiere. Se expresa, a falta de palabras, mejor que muchas personas. Es un poco "cabroncete", porque salir a las tres o cinco de la madruga a dar un voltio y despertarnos a ¡todos! no hace mucha gracia (bueno a mi sí, porque a un verdadero amigo se le perdona todo).
Duerme junto a un radiador en su "jarapa" (ya pasó bastante frío, de 5 a 10 grados bajo cero, enroscado esperando en un agujero a sus amos).
Cuando le conocimos no sonreía; ahora ya le veis. Es verdaderamente feliz… al igual que nosotros con él.
Carlos, Navalcarnero (Madrid), 35 años.
|