
Tengo un perro adoptado, un pastor alemán de dos años que se llama Frost. Lo adoptamos cuando él tan sólo tenía un mes de vida; era una bolita de pelo muy pequeña... Pero el perro no era para nosotros, era para la novia de mi hermano. Nosotros tan sólo lo ibamos a tener una semana, mientras lo desparasitaban y todo eso, porque lo cogimos de la perrera donde le abandonaron.
Cuando pasó la semana, mi hermano se llevó a Frost. A mi, especialmente, me dio muchísima pena. Al día siguiente, cuando llegué a casa vi que el perro volvía estar con nosotros. Resulta que los padres de la novia de mi hermano no le dejaban quedarse a Frost. Por lo tanto, mis padres decidieron darlo a una persona que lo cuidase. Yo insistí en quedármelo.
Al final, cuando encontraron a una persona que quería nuestro perro, ya había pasado un mes, y todos le habíamos cogido mucho cariño. Ahora ya han pasado dos años y aún sigue aquí, con nosotros.
Cuando pienso que si no lo hubiésemos adoptado lo habrían sacrificado en la perrera o se lo hubiésemos dado a cualquier otra persona, me alegro de pensar que sigue aquí, junto a mi.
Elisa, Zaragoza, 13 años. |