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• Esperanza

Yo también he adoptado


Tengo dos historias que contar, las de Michina y Quilla.

A Michina la descubrí en el escaparate de una clínica veterinaria, junto a un cartel que rezaba "se regalan gatitos". Ese día había terminado el curso y mi familia iba a celebrarlo al restaurante que estaba al lado de la clínica. Cuando mis padres me preguntaron qué quería por mis buenas notas, respondí lo de siempre "una perro o un gato". Y acabamos en la clínica, llevándonos al gato (gata) más feo de los dos que estaban allí. Pero, aunque muchos la llamen fea, la Michi fue el sueño de una niña de 13 años y mi primer adoptado a largo plazo.

Antes, habían pasado varios animales por casa, a los que se les fuimos buscando dueño, y habíamos tenido peces y canarios, a los que, a pesar de no ser adoptados, también adoramos toda su vida, que incluía vuelos por mi terraza…

En fin, todo el que haya tenido gatos, sabrá que tienen mucha personalidad; y eso tiene mi Michi, además de algunas costumbres que hacen la convivencia algo incómoda (despertarnos al amanecer llamando ruidosamente a la puerta, hacer pis fuera del cajón si pasamos poco tiempo en casa, arañar los sillones...). A pesar de todo, puede ser un bombón de animal cuando ronronea y cuando te acaricia con la cabecita. Eso compensa todas las incomodidades. Nos ha dado a toda la familia un montón de razones para sonreír durante doce años, que, sin ella, no hubieran existido.

La segunda historia es la de Quilla. Quilla -como su nombre indica- es andaluza, y apareció en un lugar de esas tierras (de cuyo nombre no quiero acordarme) precisamente cuando más la necesitaba. Y cuando más necesitaba ella cariño, comida y un ¡antiparasitario! La encontré con siete meses, flaca, llena de pulgas y con tanto miedo que no se atrevía ni a comer. Bueno, me encontró ella a mí; asustada de otras personas, vino hacia mí y me saludó de esa forma tan característica suya: poniéndose de pie y agitando las patitas. Siempre hace reir a la persona que saluda y, claro, yo me reí.

Yo quería un perro + ella necesitaba un amo = flechazo. En los tres primeros días no hizo otra cosa que comer y dormir. A partir de entonces, han pasado tres años en los que he disfrutado de una amiga tan cariñosa y divertida que no es posible contarlo en un e-mail.

Quilla y Michi llevan ya un año juntas. Quilla quiere a Michi y Michi quiere a Quilla (mientras no la toque, ni la persiga, ni se acerque a menos de dos centímetros sin que ella le de permiso), y las dos me quieren a mí y se ponen celosas a veces. Es halagador ver como una gata que va para vieja se adapta a las circunstancias y es capaz de sentarse en el sillón junto a la perra con tal de estar a mi lado (sin tocarla y bufándola cuando se sube y cuando se baja, pero sin irse, que es lo que hacía antes).

Si digo que quiero a mis "bichitas" no estaría siendo justa con lo que siento por ellas, y, aunque consiguiera expresarlo, tampoco sería justa, porque sé que ellos me quieren aún más a mí. Siempre estaré en deuda con ellas por tanto amor incondicional y por tantas sonrisas y carcajadas que me han regalado.

Esperanza, Madrid, 28 años.








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