
Siempre habíamos querido tener un animal en casa y, un día, nos hablaron de una asociación en Guadalajara de perros abandonados,"S.O.S". Allí estaba él, un precioso samoyedo/labrador negro de cinco meses de vida que, en tan poco tiempo, ya había sido abandonado dos veces por dos dueños diferentes; quemado con cigarrillos, tirado desde un primer piso, meado y depuesto encima todos los días, arrojado por las escaleras (una deformación de su cráneo lo confirma; según su veterinaria, Sol, todavía hoy sigue sin poder subir las escaleras de ningún sitio ni cruzar puentes porque le aterra la altura)… vamos, personas que tienen gran parecido con los animales (y les pido perdón a los animales, porque ellos son incluso mejores).
Nos enseñaron en la asociación muchos perros, y no quiero ni contaros el dolor de corazón que nos daba verlos a todos allí enjaulados, con esos ojos tristes, algunos casi sin pelo y abatidos, otros escuálidos por la depresión que tenían por el abandono y sin apenas apetito. Jarno estaba en los huesos, de hecho ,ahora pagamos en el veterinario la mala alimentación y la anemia que se cogió en ese mes sumido en la más profunda de las tristezas.
Le íbamos a visitar siempre que podíamos -nunca dejábamos pasar más de dos días- y se volvía loco cuando nos veía aparecer. El, más listo que el hambre, nos cortejaba con sus carantoñas y tonterías, y además el desgraciado siempre sabía que en el maletero del coche teníamos un saco de comida para él, que devoraba como un loco. Sólo quería un poco de atención y cariño.
He de deciros que al principio era un mero salvaje, tiraba de la correa cuando le sacábamos a pasear, no obedecía nada de nada, sólo a su pelota y cuando le enseñábamos el saco de comida.
Hoy Jarno tiene dos años y dos meses y es el perro más feliz del mundo (su brillante pelo negro lo confirma), es obediente, muy, muy cariñoso, adorable y hermoso; sus veterinarias se pegan por atenderle. Mis padres, que odiaban a los perros, nos dejan que nos lo llevemos de vacaciones a su casa y, cuando por cualquier razón no puede venirse de vacaciones con nosotros (las menos), se quedan con él más felices que nada.
Jarno ya conoce perros de Andorra, Portugal, Francia e Italia; ha esquiado, se ha bañado en el mar Mediterráneo, en el Atlántico y en el Cantábrico. Es feliz metido en el coche o en un avión. Y es que un miembro más de la familia. Se le regaña cuando hace las cosas mal y a veces se le da algún capón si se pone tontorrón.
Y ahora Jarno ha tenido dos hermanitas pequeñitas (nuestras hijas), a las que custodia y protege como su mayor tesoro. Duerme a la vera de sus cunitas y nos avisa cuando lloran (llorando é también). Y no tiene celos, sólo tiene amor para la familia que le dio una oportunidad de demostrar el maravilloso perro que es sin volverlo a dejar en la calle. Te querremos siempre Jarnin.
Jaime, Guadalajara, 28 años.
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