| Estos son mis dos perros; uno de ellos es Yalko (el caniche blanco) y el otro -sin raza definida pero precioso- se llama Tibet. Ninguno es comprado. El caniche era de una vecina que había cruzado a su perra y nos lo dio con 19 días; hubo que sacarlo adelante con biberones y mucho cuidado y hoy tiene once años. ¿Por qué la gente se empeña en que sus perros tengan descendencia en vez de esterilizarlos, que es lo más beneficioso? El otro perro, Tibet, nos lo encontramos abandonado el día de Nochebuena de hace ahora dos años. El pobre estaba en unas condiciones deplorables: el pelo era una maraña, las uñas tan largas que le impedían andar y, cuando le llevamos al veterinario, por supuesto que no tenía chip y sí unos cuantos golpes en el cuerpo. Estaba muy delgado y agotado; además, no debían de haberle sacado a la calle en toda su vida (un año y medio aproximadamente).
Como en otras ocasiones en que nos hemos encontrado animales, nos pusimos en contacto con protectoras de las que somos socios o colaboramos para que pudiese ser adoptado. En los cuatro días que llevaba con nosotros observamos que cuando veía niños se tiraba a ellos con intención de morder, pero en casa se mostraba sumiso continuamente y cuando le acariciabas se ponía panza arriba. Le llevamos a un albergue y estuvo un mes. Allí mordió a una niña que fue con sus padres a adoptar y supimos que era un perro difícil, así que decidimos toda la familia que iríamos a por él.
Y así lo hicimos. Ya lleva dos años con nosotros y, aunque ha mejorado con las personas, todavía tiene sus miedos. Su trato con Yalko ha sido inmejorable, le respeta y le protege. Nunca nos hemos arrepentido de haber ido a por él y aunque ha sido (y todavía lo es) un caso un tanto complicado, por los miedos y fobias que aún guarda, es muy gratificante tener un animal así y poderle compensar de tanto sufrimiento que padeció.
Manuel, Madrid, 52 años.
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