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Nuestras/tus historias
 
 


 

 

Yo también he adoptado
Mi historia y la de mis “niños” es quizás demasiada larga, pero ahí va. Todo empezó hace nueve años: mi mujer y yo deseábamos tener un perro… y la verdad es que pensamos en comprarlo, pero a final decidimos mirar en las perreras; en fin, en la de Getafe encontramos a Laika, aunque lo cierto es que nos encontró ella a nosotros. Según entramos nos empezó a llamar la atención saltando, lamiéndonos y montándonos una fiesta, nos hizo gracia y nos la quedamos. La habían encontrado con dos meses en el interior de un cubo de basura. Después de ir al veterinario le diagnosticaron epilepsia, tenía la flora intestinal desecha como consecuencia de los nervios y sufría de insuficiencia renal crónica; nos aconsejaron que le buscáramos compañía, pues sufría mucho cuando se tenía que quedar en sola en casa (le daban ataques de pánico), y la verdad es que hacernos cargo de otro perro no nos apetecía demasiado, pero…

Un día entramos en una tienda de material eléctrico y, mientras esperábamos, observamos “una cosa negra que se movía”. Estaba atada con un alambre a una estantería, olía bastante mal y arrastraba las patas de atrás. Le preguntamos al vendedor y nos dijo que era un cachorro de caniche ¿…? que le habían regalado, pero su mujer no lo quería y lo tenía allí. Lo dejaba atado de lunes a viernes y no lo sacaba nunca. El caso es que llevábamos a Laika y parecía que se llevaban bien; nos dio pena y dicho y hecho: nos la llevamos. La llamamos Morita.

Parecía que era el final de nuestra experiencia perruna, pero fue así. Poco tiempo después nos compramos un chalet y en el mes de julio apareció Balto, un husky siberiano víctima de las vacaciones estivales… Y donde comen dos, comen tres, y más tarde cuatro. Luppa, una perrita “yorki” fue el ultimo fichaje fijo de casa. Tenía raza y pedigrí, pero no cumplía los cánones de tamaño de los “toys”, y sus propietarios la llevaron al veterinario con la pretensión de que le buscara un hogar o la sacrificara. Afortunadamente mi veterinario -por motivos obvios nos conoce bastante bien- nos llamo… y ya lleva dos años en casa.

En fin. Podría contaros la historia de Caramelo, Enano, la gatita Luna desecha por uno desalmados, de Gatunilla, la mejor amiga de un siberiano y su camada de siete gatitos que sacamos adelante a biberón, la de Noa, por la que no pudimos hacer nada…

Para terminar quería deciros que tener un animal de compañía supone un dineral, que es un engorro, que las vacaciones son un lío, que mi mujer está todo el día limpiando, que cuando me ve llegar el veterinario, yo tiemblo y él se frota las manos, que cuando hace frío malditas las ganas de salir a pasear con la “jauría”, que el jardín de casa no es tuyo, es de ellos, que cuando voy a hacer la compra de pienso me quedo frío… Y ¿sabéis? todo eso sería verdad, pero no me importa, no cambiaría ni un momento de los que paso con ellos por nada del mundo. Todo lo que he aprendido, las mil alegrías que he recibido, el desinterés y el amor que he recibido, los juegos que hemos compartido, la felicidad de mis hijos con sus “peritos”… Y ¿sabéis? todo empezó porque no tenía dinero para comprar un perro de raza… Yo a veces aún lo pienso.

Mariano, Valdemoro (Madrid), 39 años.





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