
Mi nombre es Michelle, tengo 22 años, vivo en México y me gustaría compartir con vosotros la historia de tres perras (dos de ellas adoptadas) que han logrado cambiar mi vida.
Sandy era el nombre de mi primera perrita, una french podlee; vivió 13 años y, desgraciadamente, murió el pasado 7 de junio. Ella me enseño a luchar por mi vida, pero lamentablemente murió por la edad y sus enfermedades. Dejó un gran vacío en mi alma, pero le agradezco que me haya enseñado el valor de la vida, pues soy una persona que tiende mucho a estar deprimida y al suicidio.
Mitsy Samara es la segunda de las perritas. La recogí de la calle hace dos años y fue compañera de Sandy, pero su muerte me llevó a buscar desesperadamente la adopción de otro perro. Mitsy fue abandonada en las afueras de la universidad junto con toda su camada. La recogí siendo un bebé y, afortunadamente, sus hermanitos también encontraron un hogar.
Boo es la tercera perrita; una golden retriever de un año rescatada de un albergue canino, clandestino, que se dedicaba a secuestrar perritos de raza para matarlos y utilizar sus pieles. Algo desgarrador.
Una de tantas mañanas me decidía a ir a la escuela cuando llamo mi atención una perrera con muchos perros y de raza. Tomé mi auto y los seguí hasta un albergue; escuchaba muchos ladridos y se me hizo extraño la forma en como los bajaban de la camioneta. Una señora de ahí cerca me llamó y me dejó subir a su casa, que daba al patio. Mi horror fue tal que quedé inconsciente por unos minutos al ver el maltrato, las condiciones y la forma en cómo los mataban.
Di aviso a mi veterinario y a las autoridades, que ya sabían de esto pero les faltaban pruebas. Mi teléfono lo captó todo. Llegaron las autoridades, se los llevaron y llegó una protectora y les rescató. Sólo lograron salvar a 51 perritos, y uno de ellos me llamó la atención: estaba arrinconado y muy asustado, una golden retriever. El veterinario sacó a la perrita y descubrió que estaba identificada. Nos pusimos en contacto con los dueños, pero nos respondieron que no les interesaba recuperarla, que habían pagado por que se la llevaran. Hoy Boo todavía intenta recuperarse del susto, pero Mitsy Samara y yo somos sus mejores amigas.
Para finalizar querría deciros que aquí, en México, la crueldad es mucha, y poca gente es consciente de que hay que hacer algo.
Michelle, México, 22 años. |