| Mi despertar ha cambiado desde que él llegó. Son las ocho de la mañana, está amaneciendo y noto unos tímidos lengüetazos en mi cara… es Tristón! Desde que llegó -y tal vez hasta el final de sus días- mi batalla diaria consistirá en hacerle entender que hay “personas” y personas. Hay personas como yo (y los míos), tal vez demasiado sensibilizadas… o sensibles con la situación actual de muchos animales abandonados, o que tal vez somos demasiados vulnerables al dolor inflingido a éstos por el sin sentir del ser humano, que queremos cambiar de alguna forma el destino aunque sea de tan sólo uno de ellos.
Si vuelo hacia atrás en el tiempo, aparece en mi memoria un fiel amigo llamado Zipa, un gran pastor alemán que llenó nuestra vida familiar durante muchos años. Pero eso es volar hacia atrás, tal vez demasiados años. Aún así ¿a cuántos amigos de la infancia podemos recordar con tanta nitidez, con tanto detalle y gestos? ¿Cuántos amigos de la infancia nos aportaron tanto?
Después de Zipa vino Boss, bastantes años después, porque la ausencia del primero nos impedía crear un nuevo espacio familiar, temiendo tal vez que la nueva figura transformara en recuerdo lejano, lo que tanto añorábamos. Pero he ahí lo maravilloso de los animales: son todos diferentes y no se rigen por esquemas prefijados ni nada por el estilo.
Bueno, me estoy yendo de la historia… Tristón. Le ví por vez primera en una foto colgada en Internet: asustado, delgado, escondiendo su cuerpo en su pequeño refugio consistente en una pequeña caseta… pero lo que más me impresionó fueron sus ojos. ¡Lo decían todo! Fui a conocerlo, y entonces descubrí el cariñoso apodo que le dieron los cuidadores y voluntarios del CICAM.
Aún conserva ese nombre, porque jamás habría sido capaz de despojarle de lo único que tenía. Se escondió en cuanto escuchó que alguien se aproximaba por el pasillo, y se refugió en su guarida para protegerse de a saber de qué pasado. Me quede un buen rato allí, delante de su cheníl, agachada y en silencio, antes de llamarle con la esperanza de que saliera el que, de ese día en adelante, iba a ser uno de mis mejores amigos.
Cada cual requiere su tiempo. Y tiempo y cariño de mi parte, jamás le va a faltar. La veterinaria me había contado lo que escasamente sabía de aquel animal (demasiados perros para saber cada una de sus vidas, demasiadas historias para olvidar y demasiados seres humanos mal llamados “amos” para condenar a las hogueras del infierno a arder lentamente).
Le habían cortado las orejas y el rabo. Era muy asustadizo, y sus bigotes -completamente blancos- eran el mudo testigo de un sufrimiento pasado pero siempre presente, porque su dentadura hablaba de un perro de tanto sólo tres o cuatro años. Pesaba 32 kilos, que para un mastín es un peso escalofriantemente bajo, y sus patas arqueadas eran síntoma de una gran mala nutrición en la infancia.
Salió, se asomó para verme y nuestros ojos se encontraron. El escudriñaba en mi mirada tratando de entender algo y abrí la puerta del cheníl, pero se escondió. Por hoy, nuestro primer día, ha sido bastante -pensé-. Pero supe que Tristón era mi perro. Y mañana, y al otro día, volvería a repetir la misma aproximación, y así durante semanas. Un buen día, caminando por el pasillo que llevaba a su cheníl, allí estaba él, esperándome…
Me agaché y entré en su jaula, hablándole con suavidad y cariño, diciéndole que su vida iba a cambiar, que no importaba el pasado, que todavía quedaban años para saber y aprender que no a todos los seres humanos se les puede etiquetar de la misma manera. Se dejó acariciar, encogido de miedo, temblando, con terror en su mirada y sus orejillas mutiladas en actitud sumisa… Todavía hoy le sigo agradeciendo ese gran acto de valo.
Luego vinieron los paseos, más caricias, los macarrones que le llevaba cada día para engordarle, y su cola que no dejaba de moverse en cuanto me veía. Estábamos empezando nuestra gran aventura de amistad.
El gran día llegó una semana después de firmar la compra de mi casa. Tristón iba a abandonar para siempre el centro donde le habían querido y ofrecido todo lo que podían –en función de sus limitaciones- durante gran parte de su corta vida. Ese día fue duro: coche, veterinario, primer baño después de tantísimos años (si es que alguna vez había pasado por alguno) ¡Era su primera vez de todo! Pero supo encararlo con bastante coraje, pese al llanto, los temblores, los vómitos y las heces esparcidas por el coche. El sabía (creo yo) que merecía la pena.
Antes de terminar quisiera agradecer, con todo mi corazón, a aquellas personas que se dedican con tanto empeño y constancia a cuidar a estos animales en los diferentes centros de acogida y facilitar su adopción. Sólo sus cuidados hacen posible que estos animales no se transformen en seres agresivos o en eternos deprimidos. Y su encomiable tarea no está lo suficientemente gratificada en muchas ocasiones, y sólo ellos hacen posible esta gran aventura de amistad y cariño. A todos ellos -voluntarios, trabajadores de los centros, veterinarios, creadores de webs-: ¡gracias…un millón de gracias!
Y no quiero aburrir más a nadie con nuestra historia. Creo que una imagen vale más que cientos de palabras. Hoy Tristón está aprendiendo a correr con los atrofiados músculos que le dejó su encierro; a mi ya no me huye ni cuando me cambio de ropa (como ocurría al principio); ya es posible hablar en un tono normal a su lado (antes cualquier sonido un poco alto provocaba en él un estado de ansiedad increíble y su posterior huída); se va acostumbrando a los seres que me rodean, e incluso se deja acariciar.
Sus hermanas (dos perritas de mes y medio con las que apareció un chico en el centro uno de los días que iba a visitar a Tristón, y que también se ganaron mi corazón… y un sitio en mi casa) le han ayudado bastante; le han hecho ganar confianza en su entorno y empezar a recuperarla en él mismo.
Hoy hace un mes desde que llegó a casa, y hoy Tristón pesa 40 kilos y sus ojos han cambiado… Por eso hoy escribo esta pequeña colaboración, para animar a la gente a dar una oportunidad a seres que, con toda seguridad, darán mucho más de lo que reciben. ¿No es acaso el perro un animal sensacional y noble? ¿No está considerado “el mejor amigo del hombre”? Yo me considero muy afortunada, tal vez la más afortunada del mundo… y, sino ¿quién de entre vosotros cuenta con un despertador mejor?
Mónika, Madrid, 34 años. |