| Jara, nacida en enero de 1998 (sabemos el año y el mes lo hemos puesto al azar), fue adoptada por nosotros este verano de 2005, a través de una protectora de Guadalajara. Nos fue entregada el l4 de junio en Madrid y en ese momento, hacía sólo unas horas (no estuvo en ningún otro lugar) que salía de ese criadero (que suponemos clandestino por las condiciones de la perrita), por lo que no se nos ha querido dar datos exactos de su procedencia.
Según la información recibida (y lo que pudimos constatar después al tenerla), a sus siete años no había sido socializada totalmente, vivía en jaulas, servía como negocio a sus dueños que la explotaron (como se puede ver fácilmente por la enorme curvatura de su columna), pariendo repetidamente hasta que la desecharon por no servirles más como negocio y entrada de euros a su cuenta bancaria.
Jara nunca había paseado con correa, no sabía dónde tenía que hacer sus “cositas” y los principios han sido un poquito duros (pero es tan inteligente que pronto ha aprendido, aunque aún le falta algo, es lógico hace pocos meses que pertenece a nuestra familia humana-perruna). Reaccionaba a las caricias con una cara de terror que nos impactaba (sobre todo su mirada), además de gruñirnos se ponía a la defensiva, y no da la impresión que se defendía de agresiones o malos tratos, pero eso es sólo nuestra impresión, no lo podemos saber exactamente. Al principio llegué a cogerle miedo, me gruñía como para querer defenderse, como si pensara que le iba a pegar, pero ahora ya sabe lo que es el cariño incondicional y además lo siente por su nueva familia que la adoramos
Lo primero que se le hizo en Madrid fue darle un largo baño lleno de cariño y paciencia. Venía muy sucia y, pobrecilla, hacía honor al nombre que traía del criadero (al que nos dijeron que como no respondía a él le podíamos cambiar), la llamaban Canela y de ese color estaba cuando nos la entregaron. Tiene la falta de un poco de lengua (mínimo) y no sabemos como se lo produjo y algo de prognatismo mandibular. Pero lo que más nos llamó la atención fue su gran cicatriz en el abdomen, que nos dijeron que era porque la habían esterilizado (pero no vaciado). Nos quedamos perplejos por el tamaño de la cicatriz, pero no se nos dio de momento más información. Venía con el microchip recién puesto, vacunada, etc. Se nos entregó una cartilla y una tarjeta del veterinario que lo hizo. El baño la puso más guapa aún; había falta de peluquería pero eso no era tan urgente como su primera revisión veterinaria, que se le hizo al día siguiente de llegar.
Notamos desde el primer momento que al cogerla en brazos hacía un enorme gesto de dolor al tocarle la zona abdominal, pero al no conocernos apenas y por su condición sin socializar, no se dejaba mirar. Ya nos dispusimos al día siguiente a volver a Las Palmas, a nuestra casa, donde además nos esperaban dos perritas más de la familia: Luna (una mestiza de cocker de siete años de edad) y Tirma, nuestra westy de cuatro años.
El encuentro fue muy bueno. Procuramos un sitio neutral para el encuentro de las tres perritas y ya en casa todo comenzó muy bien gracias a la generosidad de Tirma, que la desafió a jugar y Jara respondió (ahí notamos que estaba acostumbrada a estar con otros perros, cosa lógica si venía de un criadero).
Esa noche Jara tenía una carita… Sólo llevaba conmigo 48 horas, había salido de un criadero espantoso donde nunca le enseñaron cariño, para pasar a ser parte de mi familia con todos los honores.
Como se imaginarán, hubo que hacerle una exhaustiva revisión veterinaria. Se le hicieron todas las pruebas lógicas, viniendo de un sitio dónde a lo mejor podía traer adquirida la leishmaniosis (se mandó su sangre a laboratorio para analizar si la tenía), se le hizo el test de la filaria para poder empezar a protegerla con seguridad (sabemos que la filaria no es propia de sitios como el de su procedencia, pero en Madrid, por ejemplo, se han dado casos y valía la pena prevenir). Cuando la llevé por una posible otitis que traía ya del criadero, insistí en que le miraran la cicatriz que traía y, efectivamente, tenía un punto enquistado que hubo que quitarle; y a partir de ahí se la notó más cómoda. Ya podíamos cogerla en brazos sin que hiciera un gesto de dolor. Queríamos y queremos lo mejor para ella y su calidad de vida debía ser excelente; las penas tenían que quedar atrás.
Bueno para que todo no sean penas, la llevamos al peluquero y la arregló como pudo, pues venía realmente fatal. Estimamos que nunca se la había hecho un arreglo propio de su raza y el pelo se le caía muchísimo (bueno el subpelo, ese que es muy fino), la verdad es que tiene un pelo duro de terrier muy bueno. Claro ahora, cuatro meses después, ha pasado ya varias veces por el peluquero.
Insistí en que me informaran qué le había pasado para tanta cicatriz y por vía e-mail me comuniqué con los voluntarios que me la entregaron. Me dijeron que Jara había tenido piometra (creen que después del último parto, hace unos meses) y que le habían quitado el útero, pero que no le habían quitado los ovarios (algo incomprensible, pero es lo que hay, además constatado con quien la operó, ya que pedí a mi veterinario que hablara con él (teníamos su tarjeta dentro de la cartilla de vacunación). Total, que con la confianza que se ha cogido ya sobre todo con mi marido y conmigo (pues yo he pasado a ser su persona favorita a la que sigue a todas partes y de lo que me siento contenta y orgullosa), pues hemos podido palparla, buscar alguna patología más, en fin, cuidar de que se encuentre bien y nos hemos llevado el disgusto de observarle que tenía cuatro bultitos en su cadena mamaria izquierda, corrimos enseguida al veterinario y se preparó todo para quitar esos tumores lo antes posible.
Además, pobrecilla, traía un gingivitis brutal y en el momento de la cirugía se le hizo limpieza de la boca, tras un tratamiento), para aprovechar así la anestesia, puesto que es una perrita mayor y hacía solamente tres meses que acababa de pasar por otra anestesia general. Los tumores, al analizarlos, dieron resultados óptimos porque eran benignos así que estamos contentísimos por ello.
Este verano la hemos llevado de vacaciones con nosotros y se lo ha pasado de maravilla, se ha bañado en el mar por primera vez y ha conocido la preciosa Isla de Lanzarote donde estuvimos veraneando en una villa. Realmente fueron unas vacaciones estupendas.
Esta es la historia de Jara, una perrita que estuvo pariendo en un criadero de Guadalajara durante siete largos años, enjaulada, donde nunca le dieron cariño y esas personas que tanto la explotaron llegaron a rechazarla cuando enfermó porque ya no les servía para el fin que la tenían y por ello, cuando llegó a mi familia llena de tristeza, se me partió el corazón. Cuando fui atando cabos y me di cuenta de todo lo que ella había pasado, me marqué la meta de hacerla muy feliz y espero poder hacerlo durante muchos años para compensarla de tanta inmundicia que por desgracia le tocó vivir al lado de unos desaprensivos. Ojalá se prohibieran en España esos criaderos clandestinos, que no lo son tanto, porque al no cumplirse las leyes que se suponen deberían haber para proteger el abuso a los animales, estas personas sin corazón campan por donde les da la gana ahora. Afortunadamente ahora es una perrita muy feliz, doy fe de ello.
Pepi, Las Palmas de Gran Canaria, 53 años. |